El autor de esta ambiciosa propuesta es Cosimo Bambi, investigador en la Universidad de Fudan, China. Su visión es radicalmente distinta a la de las grandes misiones tripuladas: imagina una sonda del tamaño de un chip, con una vela tan liviana que sería empujada por láseres desde la Tierra, alcanzando una fracción notable de la velocidad de la luz.
El viaje tendría como destino un agujero negro potencialmente ubicado a 20 o 25 años luz, aunque localizarlo sigue siendo el primer gran reto. Estos objetos, al no emitir luz, solo se detectan por el efecto que ejercen sobre estrellas cercanas o por la distorsión de la luz a su alrededor. Sin embargo, las nuevas técnicas y telescopios ofrecen esperanza de hallar uno en la próxima década.
La clave tecnológica es la propulsión láser: miles de rayos empujarían la vela de la sonda hasta acelerar el chip a casi un tercio de la velocidad de la luz. Si el plan funcionara, la nave alcanzaría su objetivo en unos 70 años, y los datos tardarían otras dos décadas en regresar. Sería una empresa multigeneracional, como muchas aventuras de la exploración interestelar.
¿Para qué embarcarse en un experimento tan largo y costoso? La misión podría desvelar secretos fundamentales sobre la estructura del espacio y el tiempo, comprobar si existen los límites físicos previstos por la teoría de Einstein y observar, tal vez, fenómenos nunca antes vistos, como la verdadera forma del horizonte de sucesos.
Bambi reconoce que el presupuesto para los láseres es desorbitado hoy —cerca de un billón de euros—, pero espera que en unas décadas los avances tecnológicos y la caída de precios permitan convertir el plan en realidad. La nave, por su parte, sería tan resistente como un grano de arena, diseñada para sobrevivir a las condiciones extremas del viaje.
Uno de los aspectos más fascinantes del proyecto es su escala temporal: quienes lo inicien no vivirán para ver los resultados. Pero la historia de la ciencia está llena de retos semejantes. Bambi lo compara con la búsqueda y detección de ondas gravitacionales, que llevó más de un siglo.
Algunos expertos creen que las pruebas cruciales sobre la naturaleza del horizonte de sucesos solo podrán hacerse con datos directos de una nave que se acerque lo suficiente. La información podría poner a prueba teorías alternativas a la relatividad general, o incluso abrir puertas a la física cuántica de la gravedad.
Aunque la propuesta todavía suene descabellada, la tecnología avanza tan rápido que resulta prudente considerar escenarios que hoy parecen imposibles. En el pasado, muchas ideas revolucionarias fueron tachadas de locura antes de convertirse en realidad.
La misión, en todo caso, es un ejemplo de la capacidad humana para concebir proyectos a largo plazo, donde la curiosidad por los misterios del universo supera las barreras prácticas del presente. En la frontera de la física y la ingeniería, las grandes preguntas siempre aguardan respuestas nuevas.
El futuro de la exploración espacial podría estar más cerca de lo que creemos. Si alguna vez una pequeña sonda logra enviar datos desde las inmediaciones de un agujero negro, la humanidad dará un salto conceptual tan grande como el que supuso, en su día, la llegada de las primeras imágenes de estos monstruos cósmicos.
Puede que no veamos despegar esta misión, pero la mera posibilidad ya es un testimonio de hasta dónde puede llegar la imaginación científica cuando la tecnología y la ambición humana se dan la mano.
Fuente: iScience