Durante décadas, los bosques han sido considerados los pulmones verdes del planeta. Su capacidad para absorber y almacenar dióxido de carbono los posicionó como aliados clave en la lucha contra el cambio climático. Sin embargo, en los últimos años, una serie de incendios forestales sin precedentes está desafiando esta narrativa, al transformar antiguos sumideros de carbono en verdaderas fuentes de emisiones.
Un informe reciente de la Universidad de las Naciones Unidas advierte que las olas de calor extremo, la sequía prolongada y la mayor frecuencia de incendios forestales están provocando que grandes extensiones de bosques en regiones boreales, la Amazonía y Australia pasen de capturar carbono a liberarlo en cantidades récord.
La explicación científica es sencilla pero alarmante. Cuando los árboles crecen, extraen carbono de la atmósfera y lo almacenan en su biomasa y en el suelo. Sin embargo, cuando arden, ese carbono acumulado se libera de golpe en forma de gases de efecto invernadero. Así, lo que antes era un almacén se convierte en una fuente adicional de contaminación atmosférica.
Según el doctor Ju Hyoung Lee, experto en teledetección ambiental, “plantar árboles ya no es suficiente si no se gestionan los riesgos de incendio y sequía”. Las políticas de reforestación, si no tienen en cuenta el aumento de incendios y las condiciones de estrés hídrico, pueden incluso agravar el problema, ya que más biomasa disponible significa mayor combustible para futuros incendios.
El informe destaca además que los mercados de carbono y muchos programas de compensación no consideran adecuadamente las emisiones derivadas de los incendios. Esto puede llevar a sobreestimar la capacidad de los bosques para neutralizar nuestras emisiones, creando una falsa sensación de seguridad en las estrategias de mitigación climática.
Para ilustrar la magnitud del fenómeno, basta mencionar que incendios recientes en Canadá y Australia han liberado en pocos días el equivalente a varios años de emisiones industriales. Los satélites permiten hoy detectar estas pérdidas de carbono casi en tiempo real, pero las políticas y el financiamiento climático todavía no han incorporado plenamente este conocimiento a la gestión forestal.
La clave, señalan los investigadores, está en pasar de una “protección estática” a una gestión activa y dinámica de los bosques. Esto implica monitorear las condiciones de humedad, la salud del suelo y la acumulación de biomasa, así como integrar los datos de observación satelital para identificar zonas de alto riesgo y priorizar intervenciones preventivas, como el manejo controlado de combustible y la restauración de paisajes degradados.
En este contexto, los bosques siguen siendo fundamentales para el equilibrio climático, pero solo si se gestionan como sistemas vivos y en constante cambio. Ignorar la nueva realidad impuesta por el cambio climático y los incendios forestales podría echar por tierra décadas de esfuerzos en la reducción de carbono y agravar los desafíos ambientales del futuro.