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El deshielo avanza y los glaciares del Pirineo se extinguen

La desaparición de los glaciares del Pirineo se acelera de forma alarmante. Hace apenas 25 años había 44, hoy solo quedan 17. La ciencia advierte que podrían desaparecer en una sola década.

Autor - Aldo Venuta Rodríguez

4 min lectura

Cadena montañosa de los Pirineos vista desde el aire, con cumbres nevadas
Los Pirineos desde el aire, una cadena montañosa compartida por España, Francia y Andorra, que pierde aceleradamente sus glaciares

Los glaciares no son simplemente hielo acumulado. Son gigantes silenciosos que regulan el clima, abastecen de agua a millones de personas y reflejan con precisión milimétrica los efectos del cambio climático. En los Pirineos, estos colosos están desapareciendo con una rapidez preocupante.

Según el CSIC, los glaciares pirenaicos han perdido más del 60% de su masa en los últimos 20 años. En el año 2000 se contaban 44 glaciares. Hoy, apenas quedan 17. Las proyecciones indican que podrían desaparecer por completo en menos de una década.

Este fenómeno no es aislado. La criosfera global —el conjunto de superficies donde el agua existe en estado sólido— se reduce a razón de 87.000 kilómetros cuadrados al año. Un ritmo sin precedentes que afecta tanto a los polos como a las montañas templadas.

Los glaciares de montaña son especialmente sensibles a las temperaturas altas. A diferencia de Groenlandia o la Antártida, su pequeño volumen los hace vulnerables incluso a leves aumentos de temperatura. Por eso, zonas como los Pirineos o los Alpes están sufriendo pérdidas catastróficas.

El glaciar del Aneto, el más grande de España, ha perdido 30 metros de grosor desde 1981. Solo en 2022 perdió tres metros, un récord preocupante. Otros glaciares como Monte Perdido han sido incluidos ya en la Global Glacier Casualty List, una especie de memorial climático global.

Estos glaciares no solo desaparecen: arrastran con ellos ecosistemas completos. Las montañas almacenan el 60% del agua dulce mundial. Su deterioro pone en riesgo el suministro hídrico de más de 3.000 millones de personas, directa o indirectamente.

Las consecuencias abarcan mucho más que el agua potable. Se prevé un fuerte impacto en la agricultura de regadío, la generación de energía hidroeléctrica, la ganadería de montaña y la biodiversidad de estas regiones. Algunos sectores como el turismo o la medicina natural también se verán afectados.

La desaparición de los glaciares no es solo una cuestión de hielo, es una pérdida cultural y humana”, afirma la glacióloga Heïdi Sevestre. Las comunidades que han vivido durante siglos en torno a estos glaciares están perdiendo un referente espiritual, ambiental y económico.

A pesar de los acuerdos internacionales, el dióxido de carbono sigue aumentando en la atmósfera. Incluso si hoy se detuvieran las emisiones, el CO₂ podría seguir calentando el planeta durante más de un siglo. Esto significa que el retroceso glacial seguirá, al menos, durante décadas.

Las proyecciones científicas indican que, con un aumento de temperatura de 1,5 °C —como marca el Acuerdo de París— desaparecería el 50% de los glaciares. Si superamos los 4 °C, la pérdida podría alcanzar el 80%. El año 2024 ya fue el más cálido registrado hasta la fecha.

Algunos científicos, como Francisco Navarro, del Grupo de Simulación Numérica de la Universidad Politécnica de Madrid, explican que estos glaciares habrían desaparecido de todos modos en un contexto natural, pero a un ritmo mucho más lento. La acción humana ha acelerado su final.

España es especialmente vulnerable. Los glaciares de los Pirineos son los únicos del país. Desde 2011 han perdido 63 hectáreas de hielo. Pasaron de 24 glaciares a apenas 15. Esto tiene implicaciones directas en el abastecimiento de agua y en la salud de los ecosistemas regionales.

Las Naciones Unidas han reconocido por primera vez el 21 de marzo como el Día Mundial de los Glaciares. Esta iniciativa busca concienciar a nivel global sobre la urgencia de proteger estos ecosistemas fundamentales para la estabilidad climática y el equilibrio hidrológico mundial.

Además de la reducción de emisiones, la ciencia apuesta por la geoingeniería. Ya se investiga la captura directa de carbono atmosférico, su transformación en roca o su almacenamiento en el subsuelo. Aunque aún son tecnologías incipientes, podrían ser claves en el futuro cercano.

En paralelo, hay estrategias locales que pueden ayudar. La gestión sostenible del agua de deshielo, la reforestación de áreas montañosas y la protección de especies endémicas son medidas que pueden mitigar el impacto mientras avanzamos hacia soluciones globales más potentes.

La desaparición de los glaciares no es solo una señal del cambio climático: es una alarma ética, política y civilizatoria. Protegerlos significa proteger la vida tal como la conocemos. Cada tonelada de CO₂ que evitamos emitir es una oportunidad más para conservar lo que aún tenemos.

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