En 1954, los arqueólogos descubrieron en la ciudad italiana de Paestum un santuario subterráneo datado entre el 530 y el 510 a.C. En su interior, hallaron jarras de bronce con un residuo pegajoso que olía a cera. Inicialmente se creyó que era miel ofrecida como ofrenda ritual, pero estudios posteriores concluyeron que se trataba de una mezcla de grasa, cera y resina, descartando la presencia de miel.
Ahora, un equipo de investigación liderado por Luciana da Costa Carvalho y James McCullagh ha reanalizado el residuo usando técnicas modernas como TSP-GC/MS, AEC-MS, proteómica y espectroscopia (FTIR y XPS). Sus hallazgos, publicados en el Journal of the American Chemical Society, sugieren que el residuo podría contener rastros de miel o panales, desafiando las conclusiones anteriores.
La miel era un símbolo importante en las civilizaciones griega y romana. Se usaba en rituales sagrados, preparaciones medicinales y cosméticos. Según mitos, incluso Zeus fue alimentado con miel de niño. Su presencia en un santuario subterráneo reforzaría su papel como ofrenda religiosa.
El análisis reveló que el residuo contiene:
- Azúcares hexosa (como glucosa y fructosa), más abundantes que en la cera de abejas moderna.
- Productos de descomposición de sacáridos, preservados en capas de corrosión de cobre.
- Péptidos de jalea real (MRJP), proteínas exclusivas de abejas, que indican contacto con miel.
- Ácido galacturónico y gluconolactona, compuestos asociados a mieles multiflorales y coníferas.
- Taurina, un aminoácido común en productos apícolas, aunque su presencia también podría explicarse por contaminación de leche o mariscos.
Los investigadores señalan que la alta acidez del residuo es consistente con la degradación de la miel a lo largo de miles de años. Además, el residuo mostró una película marrón oscura tras el calentamiento, similar a la miel quemada, algo que no ocurrió con la cera pura.
Aunque no se puede descartar completamente otras fuentes como resinas o aceites vegetales, la combinación de hexosas, proteínas de jalea real y ácidos orgánicos apunta fuertemente a que el residuo originalmente contenía miel. Esto no solo confirma el uso ritual de la miel, sino que también abre nuevas vías para el estudio de productos apícolas en contextos históricos.
El estudio destaca la importancia de usar métodos multidisciplinarios para analizar residuos antiguos. Según los autores, "los residuos no son solo restos de comida o ofrendas, sino evidencia de ecosistemas químicos complejos que pueden decirnos cómo se transformaron con el tiempo".
Este descubrimiento también tiene implicaciones prácticas. Por ejemplo, podría ayudar a entender mejor la degradación de alimentos antiguos y su relación con factores ambientales. Además, refuerza la conexión entre la ciencia moderna y la historia, mostrando cómo técnicas como la proteómica permiten resolver enigmas que los métodos tradicionales no pudieron resolver.
Fuente: ACS Publications