El hormigón romano, famoso por sus acueductos y edificios que han resistido el paso del tiempo, podría inspirar soluciones más sostenibles para la industria moderna. Un estudio publicado en iScience de Cell Press analizó si la fórmula antigua de los romanos es realmente más ecológica que la producción actual. Los resultados muestran que, aunque no disminuye las emisiones de CO2, su durabilidad y menor liberación de contaminantes como óxido de nitrógeno y óxido de azufre lo convierten en una alternativa viable para reducir el impacto ambiental a largo plazo.
La investigadora Daniela Martínez, de la Universidad del Norte en Colombia, destacó que “la sostenibilidad va de la mano con la durabilidad”. El hormigón moderno, responsable del 8% de las emisiones antropogénicas globales de CO2, enfrenta críticas por su alto consumo de energía y recursos. En cambio, los romanos usaban piedra caliza, puzolana (restos volcánicos) y escombros reciclados, combinando materiales locales con técnicas innovadoras para su época.
Para comparar ambos tipos de hormigón, los científicos modelaron procesos de fabricación y evaluaron emisiones de CO2 y contaminantes atmosféricos. Sorprendentemente, el hormigón romano no mostró ventajas claras en términos de descarbonización, ya que sus emisiones dependen de los métodos de producción y combustibles utilizados. “La adopción de fórmulas romanas con tecnología actual podría no reducir significativamente las emisiones ni la demanda energética”, explicó Martínez.
Sin embargo, el estudio encontró que el hormigón romano genera entre el 11% y 98% menos contaminantes que el moderno, especialmente cuando se usan energías renovables. Además, su resistencia al deterioro —atribuida a la falta de acero de refuerzo, principal causa de degradación en estructuras actuales— sugiere que prolongar su uso podría evitar la necesidad de fabricar nuevos materiales, reduciendo el impacto ambiental.
El ingeniero Paulo Monteiro, de la Universidad de California en Berkeley, advirtió que las comparaciones deben ser cuidadosas, ya que la arquitectura romana no incluía acero, lo que altera dinámicas de resistencia. Aun así, los autores proponen integrar estrategias romanas con innovaciones modernas para optimizar la sostenibilidad.
El estudio también resalta que el hormigón romano evita problemas como la corrosión del acero y la necesidad de mantenimiento constante, factores que aumentan la huella de carbono en proyectos modernos. “Si logramos combinar sus técnicas con nuestras ideas innovadoras, podremos crear un entorno construido más sostenible”, afirmó Martínez.
La clave del hormigón romano radica en su composición: mezclaba cal viva con puzolana y agua, formando una pasta que endurecía al contacto con el agua. Esta fórmula, junto con la ausencia de acero, permitió construir estructuras que aún perduran después de dos mil años. Los investigadores planean profundizar en su rendimiento bajo diferentes condiciones para aplicarlo a proyectos modernos.
Aunque la producción de hormigón romano no es más eficiente en términos de energía, su capacidad para reducir contaminantes y su longevidad lo posicionan como una opción prometedora para combatir el deterioro prematuro de infraestructuras actuales. Este hallazgo podría transformar cómo diseñamos carreteras, puentes y edificios, priorizando la resistencia sobre la velocidad de producción.