Un estudio publicado en Communications Earth and Environment revela que las olas de calor en África no solo son más frecuentes, sino que también duran hasta tres veces más que hace cuatro décadas. La investigación fue liderada por la Universidad de Illinois Chicago (UIC) y utiliza simulaciones de gran escala para explicar cómo la acción humana está modificando el clima del continente.
Las olas de calor se definen como periodos prolongados de calor extremo que afectan a la vida cotidiana, desde la producción agrícola hasta el transporte urbano. En África, donde la capacidad de adaptación es limitada, estos fenómenos se han convertido en una amenaza crítica para la salud pública y la estabilidad económica.
El equipo de la UIC comparó dos periodos: entre 1950 y 1979, cuando las olas de calor eran débiles y poco frecuentes, y entre 1985 y 2014, donde pasaron a producirse cada dos años en promedio, con una duración hasta tres veces superior a la registrada en las décadas previas.
En el primer periodo, el 80% de la actividad podía atribuirse a causas naturales, influenciadas en parte por aerosoles de sulfato que reflejaban la radiación solar. En cambio, en las últimas décadas el 70% de los episodios se explican por factores humanos, principalmente el aumento de gases de efecto invernadero y el carbono negro producto de la quema de combustibles fósiles.
Los investigadores señalan que África es una de las regiones más vulnerables del planeta. En abril de 2024, por ejemplo, la ciudad de Kayes en Malí registró temperaturas superiores a los 48 grados. Este tipo de extremos pone en riesgo a los bebés, adultos mayores y personas con problemas de salud, colectivos que sufren con mayor intensidad las enfermedades relacionadas con el calor.
Las consecuencias van más allá de la salud. Las olas de calor reducen la productividad agrícola, afectan la ganadería, incrementan el consumo de energía y dañan ecosistemas frágiles. Según estimaciones incluidas en el estudio, Nigeria podría llegar a registrar entre 23 000 y 43 000 muertes anuales vinculadas al calor extremo hacia finales de este siglo si las tendencias actuales continúan.
Otro hallazgo del análisis es la correlación entre la frecuencia de las olas de calor y el aumento de la temperatura del aire cerca de la superficie. Variables compartidas como la circulación atmosférica y la energía acumulada en la superficie explican por qué el fenómeno se repite de forma consistente en todas las subregiones del continente.
Los autores advierten que los impactos pueden derivar en sequías, migraciones masivas y conflictos por recursos, lo que afecta no solo la estabilidad africana, sino también la global. Con una población cercana a los 2000 millones de personas, la exposición prolongada a calor extremo representa un desafío de dimensiones continentales.
De cara al futuro, los investigadores plantean que el cumplimiento de los compromisos del Acuerdo de París será clave para moderar estos efectos. Reducir emisiones y reforzar la capacidad de adaptación en África no solo es urgente para la región, sino también esencial para un planeta que enfrenta el mismo desafío climático.