Un reciente estudio de la Universidad de Adelaida y el Centro de Investigación de Delitos contra la Vida Silvestre ha revelado la existencia de un tráfico sistemático de productos de tiburón en Australia y Nueva Zelanda. Los resultados evidencian la entrada de mandíbulas, aletas y otros derivados, tanto para consumo como para trofeos, mediante equipaje personal y envíos por correo.
La mayoría de las incautaciones en Australia proceden de Asia, siendo las aletas el artículo más frecuente, mientras que los trofeos suelen llegar desde Estados Unidos. En Nueva Zelanda, Australia se posiciona como un origen clave, en parte por las conexiones aéreas y la cercanía geográfica, lo que revela rutas complejas de contrabando en la región.
El estudio destaca que menos del 1% de las incautaciones contienen información precisa sobre la especie, dificultando la gestión de conservación y el seguimiento del impacto real sobre las poblaciones amenazadas. Sin datos claros, muchas especies protegidas quedan vulnerables a la sobreexplotación y el tráfico ilegal.
La creciente demanda de aletas de tiburón, sobre todo para la sopa considerada un manjar en Asia, impulsa este mercado clandestino. Además, la falta de controles estrictos y la dificultad para identificar el origen de los ejemplares facilita el comercio de partes de tiburón a nivel internacional.
Investigadores subrayan la necesidad de mejorar la documentación y registro de las especies involucradas en las incautaciones, así como reforzar la cooperación regional para frenar el tráfico. Una mejor identificación ayudaría a implementar medidas más eficaces de protección y a evitar la desaparición de especies vulnerables.
El tráfico de productos de tiburón representa una seria amenaza para la biodiversidad marina en Oceanía. Sin acciones coordinadas, la presión sobre las poblaciones de tiburones podría incrementarse, dificultando la recuperación de estos animales clave para el equilibrio de los ecosistemas marinos.
Fuente: Universidad de Adelaida