Durante un ejercicio en California, dos embarcaciones no tripuladas de la Armada estadounidense colisionaron tras un fallo de software, dejando en evidencia los problemas técnicos que enfrentan los proyectos de autonomía naval. Las pruebas, pensadas para exhibir la fiabilidad de los drones marítimos, terminaron en un episodio bochornoso que se ha convertido en un símbolo de los obstáculos del Pentágono.
En otro incidente, un capitán de apoyo cayó al agua cuando una nave autónoma aceleró de forma inesperada, provocando el vuelco de la embarcación que remolcaba. Aunque fue rescatado sin heridas graves, el episodio reforzó la percepción de que la tecnología aún no está lista para desplegarse en escenarios críticos.
Fuentes cercanas al programa señalan que los fallos se deben a una combinación de errores humanos y problemas en la comunicación entre los sistemas internos y el software autónomo proporcionado por contratistas externos. La falta de coordinación ha llevado a cuestionar la seguridad operativa de estos sistemas.
El impulso de Washington responde a la creciente importancia de los drones en los conflictos modernos. En Ucrania, embarcaciones rápidas controladas a distancia y cargadas con explosivos han logrado dañar a la poderosa flota rusa del Mar Negro, un modelo que China podría replicar en el estrecho de Taiwán. De ahí la urgencia de Estados Unidos por no quedarse atrás.
La diferencia radica en la ambición. Mientras los drones ucranianos son relativamente baratos y funcionan bajo control humano, el Pentágono busca una flota de millones de dólares capaz de operar de manera autónoma y coordinada en enjambres, una meta tecnológica mucho más compleja y vulnerable a errores.
Las dificultades técnicas se suman a problemas internos. La destitución del contralmirante Kevin Smith, que lideraba el programa de adquisiciones, generó inestabilidad en la oficina encargada de drones marítimos. Además, la Unidad de Innovación de Defensa suspendió un contrato de 20 millones de dólares con L3Harris, proveedor clave de software.
A pesar de los contratiempos, la Casa Blanca mantiene su apuesta. El plan “Replicator”, lanzado en 2023, asignó más de mil millones de dólares para acelerar la compra de drones aéreos y marítimos. Empresas como BlackSea y Saronic han recibido cientos de millones en contratos, aunque los resultados aún no convencen del todo.
El regreso de Donald Trump a la presidencia ha dado un nuevo impulso al proyecto. Su “Big Beautiful Bill”, aprobado recientemente, incluye casi 5.000 millones de dólares destinados a sistemas navales autónomos. Pero los críticos señalan que el gasto supera a la capacidad real de la tecnología.
Expertos como Bryan Clark, del Instituto Hudson, advierten que la Marina deberá adaptar sus tácticas y aceptar limitaciones si quiere sacar partido de los drones. Otros, como TX Hammes, del Consejo Atlántico, creen que el desafío no es solo tecnológico, sino cultural: un sistema acostumbrado a proyectos lentos y gigantescos ahora debe aprender a moverse con rapidez.
Por ahora, el ambicioso plan de Estados Unidos para contener a China mediante una flota de drones tropieza con la realidad. Los fallos en pruebas, la falta de coordinación y la presión política amenazan con retrasar un proyecto que, en teoría, podría marcar el futuro de la guerra naval.
Fuente: Reuters