Durante siglos, el trabajo fue visto como una actividad exclusivamente humana. Hoy, sin embargo, los robots y los sistemas de inteligencia artificial realizan tareas que antes parecían reservadas a la mente y las manos de las personas. Surge entonces una pregunta provocadora: ¿tendrían estas máquinas que “cobrar” por sus servicios?
La idea de pagar a los robots por trabajar no es un chiste de ciencia ficción. En los últimos años, empresarios y académicos han planteado que, si las máquinas reemplazan a millones de trabajadores, deben integrarse de algún modo a la estructura económica. No se trata de que los robots gasten en un supermercado, sino de canalizar esos ingresos hacia la sociedad.
El argumento a favor es sencillo: si un robot genera valor productivo, ese valor debería registrarse en forma de salarios o impuestos. En la práctica, esos fondos podrían nutrir sistemas de renta básica universal, subsidios sociales o programas de formación para quienes queden desplazados por la automatización.
El economista Erik Brynjolfsson, del MIT, ya advirtió que la automatización sin un marco redistributivo amplía la brecha entre dueños de capital y trabajadores. Bajo este enfoque, los robots serían empleados virtuales cuyos “sueldos” irían al Estado, como si cotizaran en la seguridad social.
Pero no todos lo ven con buenos ojos. Los críticos sostienen que pagar a un robot equivale a otorgarle derechos que no le corresponden. Una máquina no siente hambre, ni fatiga, ni necesidad de vivienda. Hablar de salarios para robots sería una ficción legal que distorsiona el mercado y confunde responsabilidades.
Otros añaden que lo que realmente debería gravarse no es el trabajo del robot, sino las ganancias extraordinarias que obtienen las empresas al incorporarlos. Si un sistema automatizado sustituye a cien empleados, los impuestos deben recaer sobre los beneficios del empleador, no sobre una nómina artificial de androides.
Aun así, la propuesta tiene un atractivo político: ofrece una narrativa clara de justicia redistributiva. En un futuro donde millones de personas puedan quedar desempleadas por la IA, la idea de que “los robots paguen impuestos” suena comprensible y hasta tranquilizadora para la opinión pública.
Desde la perspectiva ética, el debate abre otra cuestión: ¿queremos que las máquinas tengan un estatus cuasi laboral? Si hoy se discute sobre la “personalidad electrónica” para la inteligencia artificial, mañana podríamos enfrentarnos a dilemas jurídicos sobre propiedad, derechos y deberes de sistemas no humanos.
En términos prácticos, algunos países ya exploran medidas similares. Corea del Sur aplica desde 2018 una política que reduce los beneficios fiscales a empresas que sustituyen mano de obra por robots, lo que en la práctica funciona como un “impuesto indirecto” a la automatización.
Lo que está en juego no es solo la viabilidad de un salario robótico, sino el modelo de economía que queremos construir. Una opción es dejar que las grandes corporaciones concentren la riqueza que producen las máquinas. Otra, distribuir parte de esos beneficios para sostener el contrato social en la era digital.
La comparación con la revolución industrial resulta inevitable. En aquel entonces, las máquinas de vapor reemplazaron miles de empleos, pero también crearon nuevas industrias. La diferencia es que la inteligencia artificial amenaza con sustituir no solo trabajos manuales, sino también tareas cognitivas, reduciendo el margen de adaptación laboral.
Quizá pagar a los robots sea un símbolo más que una medida realista. Un recordatorio de que la automatización no puede concebirse únicamente en términos de eficiencia, sino también de justicia social. La pregunta no es si los robots merecen un sueldo, sino cómo aseguramos que la humanidad no quede fuera de los beneficios de su propio ingenio.
La economía del futuro no se decidirá en los laboratorios de Silicon Valley, sino en el campo político y social. Lo que se decida sobre los robots será, en el fondo, una decisión sobre nosotros mismos: sobre qué clase de mundo queremos habitar cuando las máquinas trabajen más y los humanos trabajen menos.