En la región rusa de Rostov, a orillas del río Don, decenas de niños participaron esta semana en un campamento que, lejos de las actividades tradicionales, estuvo centrado en el entrenamiento militar. Bajo la supervisión de veteranos de la guerra en Ucrania, los menores —algunos de tan solo 8 años— realizaron marchas de ruta, ejercicios de arrastre en la arena y prácticas con armas reales y réplicas de granadas.
“Cómo lanzamos granadas de mano y disparamos tiros falsos”, relató emocionado Ivan Glushchenko, de 8 años, al describir su experiencia. Su testimonio refleja el tipo de actividades a las que fueron sometidos los 83 participantes, todos cadetes vinculados a comunidades cosacas en la zona fronteriza con Ucrania.
Las autoridades rusas defienden estos programas como una forma de inculcar disciplina, patriotismo y trabajo en equipo. Para muchos jóvenes, el campamento es percibido como una oportunidad de prepararse para un eventual servicio militar. “Quiero servir a mi país y ser leal a mi causa hasta el final”, aseguró Anton, uno de los adolescentes mayores.
Pero no todos comparten la visión oficial. Organizaciones independientes, como “Ne Norma”, acusan al gobierno de exponer a los niños a un adoctrinamiento prematuro, normalizando la guerra desde edades tempranas. Consideran que enseñar a menores el manejo de armas y drones militares supone un riesgo ético y psicológico, además de vulnerar principios internacionales de protección a la infancia.
Entre los instructores estuvo Alexander Shopin, soldado herido en Ucrania, que participó junto a su propia hija. “Me gusta transmitir mi experiencia a los niños. Se puede ver cómo se forja una familia a partir de ellos”, afirmó, señalando que su hija disfrutó del entrenamiento pese a la dificultad física.
Las escenas, documentadas por Reuters, muestran a los niños corriendo en equipo, cubriéndose mutuamente y celebrando tras superar las pruebas. Algunos expresaron entusiasmo, mientras que otros admitieron agotamiento. “¡Casi muero!”, exclamó entre risas una adolescente tras repetir tres veces la ruta de entrenamiento.
El gobierno ruso sostiene que este tipo de actividades refuerza la resiliencia nacional y aleja a los jóvenes de “andar por callejones”, en palabras de uno de los instructores. Sin embargo, para críticos internacionales y defensores de los derechos del niño, la militarización de la infancia en un contexto de guerra activa con Ucrania es un paso alarmante que podría tener consecuencias duraderas.
El debate sobre el equilibrio entre patriotismo y propaganda se intensifica, mientras imágenes de niños en uniforme lanzando granadas circulan por medios internacionales. Para muchos, estas escenas simbolizan la estrategia de Rusia de integrar a las nuevas generaciones en una narrativa bélica que se extiende más allá del frente de batalla.