El hidrógeno verde se perfila como uno de los protagonistas de la transición energética. Producido con energías renovables, busca cubrir sectores donde la electricidad no basta, como transporte marítimo y aviación.
A diferencia de otras fuentes limpias, este vector puede almacenarse y trasladarse a gran escala. Esa capacidad lo convierte en un candidato atractivo para garantizar seguridad de suministro, algo que preocupa especialmente a Europa. Por eso, países e inversores ya destinan miles de millones a electrolizadores gigantes, terminales portuarias y nuevas redes de distribución especializadas. La expectativa es que el hidrógeno verde asuma un rol similar al que el petróleo tuvo en el siglo pasado.
El problema actual son los costos. Producir hidrógeno verde sigue siendo más caro que obtener hidrógeno gris a partir de gas natural, lo que limita su adopción masiva.
Europa, India, Chile y Australia encabezan la apuesta. El plan REPowerEU prevé que represente un 20% de la energía en 2050. India busca convertirse en exportador global aprovechando su enorme capacidad solar. América Latina, con proyectos en Chile, Brasil y Uruguay, se suma como posible proveedor estratégico en el mercado mundial.
Los analistas subrayan que, al igual que el petróleo reconfiguró el mapa político y económico en el siglo XX, el hidrógeno verde podría redibujar alianzas internacionales. Países con abundante sol y viento podrían convertirse en los nuevos "petro-Estados" del futuro, pero con una matriz más limpia y menos dependiente del carbono.
Conviene recordar que la comparación con el crudo tiene matices. El petróleo es un recurso primario, mientras que el hidrógeno es un vector que depende de la generación previa de electricidad renovable. Su éxito estará atado a cuánto se expandan la solar, la eólica y la hidráulica en la próxima década.
La gran incógnita es si llegará a tiempo. El cambio climático exige acelerar plazos y abaratar costes. Ahí radica tanto su mayor desafío como su oportunidad histórica.