El sonido más fuerte de la historia humana se escuchó a 5.000 kilómetros
La erupción del volcán Krakatoa el 27 de agosto de 1883 produjo el sonido más fuerte jamás registrado en la historia humana, alcanzando 310 decibelios y siendo audible a una distancia de 5.000 kilómetros.
Autor - Aldo Venuta Rodríguez
4 min lectura
Una explosión que destrozó tímpanos a 160 kilómetros
El volcán Krakatoa, ubicado en el estrecho de Sonda entre Java y Sumatra en Indonesia, explotó con una fuerza de 200 megatones, equivalente a 10.000 veces la potencia de la bomba atómica de Hiroshima. La tercera y mayor explosión, ocurrida a las 10:02 de la mañana, fue tan violenta que se escuchó hasta en Perth, Australia occidental, y en la isla Rodrigues cerca de Mauricio.
A 160 kilómetros del volcán, la intensidad del sonido alcanzó los 172 decibelios, suficiente para destrozar permanentemente los tímpanos humanos. Para poner esto en perspectiva, el umbral del dolor auditivo comienza en 130 decibelios, mientras que estar junto a un motor de reacción produce aproximadamente 150 decibelios.
El capitán del barco británico Norham Castle, que se encontraba a 64 kilómetros del volcán, escribió en su diario: "Tan violentas son las explosiones que los tambores de oídos de más de la mitad de mi tripulación han sido destrozados. Estoy convencido de que el Día del Juicio ha llegado."
La escala de decibelios es logarítmica, lo que significa que 310 decibelios no es simplemente el triple de 100 decibelios, sino exponencialmente más intenso. Cuando se superan los 194 decibelios, la onda sonora se distorsiona en una onda de choque con consecuencias catastróficas.
Un tercio del planeta escuchó la explosión
El radio de alcance del sonido abarcó casi un tercio de la superficie terrestre. En las islas Andamán y Nicobar, en el golfo de Bengala a 2.000 kilómetros, los habitantes reportaron "sonidos extraordinarios, como de disparos de armas". En Australia occidental informaron de "una serie de ruidos ruidosos, parecidos a los de la artillería en dirección noroeste".
La onda de presión generada por la explosión viajó a 1.086 kilómetros por hora y dio siete vueltas completas al mundo. Incluso cinco días después del evento, algunos barómetros aún registraban las ondas de choque en lugares remotos.
Más allá de los 5.000 kilómetros, la onda expansiva perdió la fuerza suficiente como para no ser audible por el oído humano, aunque las estaciones meteorológicas en decenas de ciudades registraron cambios en la presión atmosférica durante las horas siguientes.
Devastación total en el epicentro
La explosión destruyó completamente el 70% de la isla de Rakata donde se ubicaba el volcán, arrojando aproximadamente 45 kilómetros cúbicos de escombros a la atmósfera. La columna de cenizas alcanzó una altura de 80 kilómetros, oscureciendo los cielos durante tres días en las inmediaciones.
Los tsunamis resultantes superaron los 40 metros de altura, destruyendo 163 aldeas a lo largo de las costas de Java y Sumatra. La isla de Sebesi, a poco más de 20 kilómetros del volcán, fue completamente cubierta por el agua, muriendo sus 3.000 habitantes. En total, se estima que 36.417 personas perdieron la vida.
Un funcionario colonial que visitó la isla Sebesi dos semanas después informó: "Hasta donde alcanza la vista es una extensión de arena blanca y huesos, no está claro si son huesos de animales o humanos", con una capa de ceniza de seis metros de espesor cubriendo todo el terreno.
Efectos globales duraderos
Las consecuencias de la erupción se extendieron por todo el planeta. La masa de ceniza y dióxido de azufre dispersada en la atmósfera provocó un enfriamiento global de hasta 1.2 grados centígrados durante los siguientes cinco años, fenómeno conocido como "el año sin verano".
Los efectos ópticos fueron extraordinarios: puestas de sol espectaculares se observaron en Europa y Estados Unidos durante meses. Incluso en Buenos Aires, según informes de la Academia Real de Ciencias de Londres, "comenzaron los resplandores" que duraban una hora y media, y "cada tanto el sol y la Luna cambiaban de color".
En 1927, cuarenta y cuatro años después, apareció una nueva isla volcánica en el mismo lugar, conocida como Anak Krakatoa ("Hijo de Krakatoa"), que continúa creciendo aproximadamente cinco metros por año y representa una amenaza latente que volvió a causar víctimas en 2018.
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