El telescopio espacial James Webb, considerado el observatorio más avanzado de nuestro tiempo, captó por primera vez imágenes del cometa interestelar 3I/ATLAS. Este visitante, descubierto en julio de 2025, atraviesa el sistema solar en una trayectoria hiperbólica que lo llevará a alejarse definitivamente en los próximos años.
Las observaciones realizadas con sus instrumentos de infrarrojo revelaron una sorpresa inesperada: la coma del cometa está dominada por dióxido de carbono, un rasgo prácticamente inédito en comparación con los cometas originados dentro del sistema solar. En menor proporción también se identificaron agua, monóxido de carbono, hielo de agua y polvo.
La proporción de CO₂ respecto al agua se estima en 8 a 1, uno de los valores más altos jamás registrados en un cometa observado a distancias similares del Sol. Este resultado sugiere que el núcleo de 3I/ATLAS contiene hielos con historias químicas muy diferentes a las de los cuerpos conocidos hasta ahora.
Una composición nunca vista en un cometa
El hallazgo del Webb refuerza la idea de que los objetos interestelares se forman en condiciones muy distintas a las que existen en nuestro vecindario cósmico. Mientras que Borisov, otro cometa interestelar detectado en 2019, mostraba una cola rica en agua, 3I/ATLAS exhibe un comportamiento radicalmente distinto al basar su actividad en el dióxido de carbono.
La presencia dominante de CO₂ implica que este cometa estuvo expuesto a niveles de radiación más intensos que los experimentados por los cometas solares. Esto permitió que sus hielos conservaran una composición desequilibrada y diferente, ofreciendo una ventana única a procesos químicos que ocurren en regiones lejanas de la galaxia.
Los astrónomos destacan que cada objeto interestelar detectado hasta la fecha —Oumuamua, Borisov y ahora 3I/ATLAS— ha mostrado propiedades desconcertantes. Ninguno se parece realmente a los cometas o asteroides habituales del sistema solar, lo que confirma la enorme diversidad de materiales que circulan en la Vía Láctea.
Lo que sabemos hasta ahora de 3I/ATLAS
Las estimaciones iniciales apuntan a que 3I/ATLAS viaja a una velocidad cercana a los 61 kilómetros por segundo. Su tamaño resulta difícil de precisar, pero los cálculos lo sitúan entre los 320 metros y los 5,6 kilómetros de diámetro, una escala considerable para un objeto interestelar.
El telescopio Hubble complementó las observaciones del Webb al detectar la expulsión de entre 6 y 60 kilogramos de polvo por segundo, además de confirmar la presencia de agua en pequeñas cantidades. Esto demuestra que el cometa comenzó a liberar material mucho antes de alcanzar la zona donde los cometas solares suelen mostrar actividad intensa.
Algunos investigadores sugieren que 3I/ATLAS podría ser el cometa más antiguo jamás observado. Sus características apuntan a una edad estimada de 7.000 millones de años, lo que lo situaría muy por delante de los 4.500 millones de años de nuestro sistema solar. En otras palabras, se trata de un testigo cósmico de tiempos previos a la formación de la Tierra.
El desafío científico de estudiar un visitante fugaz
Uno de los grandes retos es que 3I/ATLAS se encuentra de paso. Su órbita hiperbólica confirma que, tras alcanzar el perihelio el 29 de octubre de 2025, abandonará definitivamente el sistema solar. Para finales de 2026 ya se habrá perdido más allá de la órbita de Júpiter y su brillo se desvanecerá hasta hacerse invisible incluso para los telescopios más potentes.
Por ello, los astrónomos trabajan contrarreloj con los principales observatorios, desde el James Webb hasta el Hubble y otros telescopios terrestres. Cada dato obtenido es crucial, pues este cometa jamás volverá a acercarse a nuestra estrella. La colaboración internacional busca aprovechar al máximo esta oportunidad irrepetible.
Más allá de la fascinación por su rareza, el estudio de 3I/ATLAS tiene un valor científico incalculable. Nos permite comparar cómo se forman y evolucionan los cuerpos en distintos entornos estelares y, en última instancia, comprender mejor cómo se gestó el sistema solar en el que habitamos.
El descubrimiento confirma que cada visitante interestelar trae consigo un pedazo de historia galáctica. Con cada observación aprendemos que la química del universo es más variada de lo que imaginábamos, y que todavía nos queda mucho por explorar fuera de las fronteras de nuestro sistema planetario.