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Una ballena desaparece sin dejar rastro en San Diego: lo que encontró la ciencia es aún más asombroso

La desaparición de una cría de ballena en San Diego expone un fenómeno vital: el renacimiento de la vida en las profundidades

Autor - Aldo Venuta Rodríguez

3 min lectura

Ballena nadando en aguas profundas en el océano

En las profundidades del Cañón de Scripps, frente a las costas de San Diego, un fenómeno tan inquietante como fascinante ha captado la atención de buzos, biólogos y fotógrafos submarinos. La carcasa de una cría de ballena gris, hallada en enero de 2025 a 35 metros de profundidad, ha desaparecido sin dejar rastro. Lo que comenzó como un hallazgo impactante se ha convertido en un caso emblemático para comprender uno de los procesos más asombrosos del océano: la caída de ballenas o whale fall.

Fue el buzo Doug Bonhaus quien avistó por primera vez el cuerpo del cetáceo, de más de cinco metros de largo y una tonelada de peso. Pocos días después, fotógrafos como Jules Jacobs documentaron el estado del cadáver, ya parcialmente devorado por tiburones mako y otras especies carroñeras. Pero en una tercera inmersión, a finales de febrero, la escena era distinta: la ballena ya no estaba.

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¿Qué pudo haber ocurrido? La explicación más plausible no es mítica ni conspirativa, sino ecológica. Como explicó el biólogo marino Gregory Rouse, de la Scripps Institution of Oceanography, durante la descomposición interna del cuerpo se generan gases que inflan el cadáver, elevándolo desde el fondo y permitiendo que las corrientes lo arrastren mar adentro. Luego, al liberarse los gases, puede hundirse nuevamente, esta vez en zonas mucho más profundas, fuera del alcance humano.

Aunque invisible para nuestros ojos, esta ballena puede haber comenzado una nueva vida como fuente de energía para un ecosistema completo. Las caídas de ballenas son raras, pero cuando ocurren, transforman el lecho marino en un oasis de biodiversidad. En promedio, un solo cuerpo puede aportar tanta materia orgánica como la que llega al fondo en dos siglos, según estimaciones del oceanógrafo Craig Smith.

Estas comunidades pasan por tres fases ecológicas. Primero, los grandes carroñeros como tiburones y peces óseos consumen los tejidos blandos. Luego llegan los “oportunistas”: gusanos, crustáceos y bacterias que aprovechan el sedimento enriquecido. Finalmente, comienza una fase de quimiosíntesis, donde microbios dentro de los huesos producen sulfuros que alimentan ecosistemas únicos durante décadas.

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Este proceso convierte a una ballena muerta en una infraestructura biológica capaz de sustentar más de 200 especies distintas, muchas de ellas endémicas y adaptadas exclusivamente a este tipo de hábitats. El cuerpo en descomposición no representa decadencia, sino una transferencia energética monumental, que regenera la vida desde la oscuridad abisal.

Lo extraordinario del caso de San Diego es que la escena se desarrolló a una profundidad accesible, permitiendo documentar un proceso que, en la mayoría de los casos, ocurre a más de mil metros y requiere vehículos operados remotamente para su estudio. Verlo tan de cerca nos recuerda cuán poco conocemos aún de los ritmos de la vida y la muerte en el océano.

La desaparición de esta “ballena fantasma” no es un misterio sin explicación. Es un recordatorio silencioso de que incluso en su muerte, un gran ser marino puede convertirse en la chispa que encienda un nuevo ciclo de vida. En las profundidades, el final de uno es el inicio de muchos otros.

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