Las lagunas costeras, ecosistemas vitales para la biodiversidad y la economía local, están enfrentando un cambio drástico: se están volviendo cada vez más saladas debido al cambio climático y la actividad humana. Así lo indica un estudio liderado por la Universidad de Adelaida, publicado en Earth-Science Reviews.
Estas lagunas suelen actuar como criaderos de peces, hábitat de aves migratorias y barreras naturales contra tormentas. Su microbioma realiza funciones esenciales como el reciclaje de nutrientes y el secuestro de carbono. Sin embargo, las olas de calor extremo y la reducción de aportes de agua dulce están llevando estos ecosistemas al límite.
Según el Dr. Chris Keneally, autor principal del estudio, basta un solo verano seco e inusualmente caluroso para transformar una laguna saludable en una “sopa verde y salada”. En estas condiciones, los microorganismos sensibles desaparecen y los más tolerantes a la sal dominan, alterando procesos clave como la nitrificación, el ciclo del carbono y la retención de nutrientes.
El fenómeno de la hipersalinidad se ha vuelto más frecuente a nivel global, sobre todo en regiones áridas o semiáridas como Australia, el Mediterráneo y el Golfo Pérsico. En Australia, esta tendencia se ha intensificado en los últimos 40 años, agravada por el aumento de la evaporación, el descenso de lluvias y el desarrollo urbano que reduce el ingreso de agua dulce.
Keneally subraya que también influyen factores humanos como la desviación de ríos, la urbanización y el agotamiento de acuíferos. Todo ello reduce el flujo de agua dulce hacia las lagunas, exacerbando su salinidad y acelerando su degradación ecológica.
La buena noticia es que las lagunas pueden recuperarse si reciben agua dulce de forma oportuna. Tras las inundaciones del sistema Murray-Darling en 2022, la laguna Coorong en Australia Meridional recuperó su microbioma original en pocos meses, demostrando el poder de las intervenciones ambientales bien planificadas.
Para mitigar estos efectos, el estudio propone restaurar caudales ambientales, modernizar plantas de tratamiento de aguas, recuperar humedales y fomentar la vegetación tolerante a la sal. Reabrir entradas de mareas también podría mejorar la mezcla de agua y reducir la evaporación.
El impacto de las “sopas saladas” va más allá del ecosistema: puede provocar mortandad de peces, proliferación de algas tóxicas y pérdida de praderas marinas, afectando tanto la pesca como la salud humana y la protección costera. Además, las lagunas degradadas podrían convertirse en fuentes de gases de efecto invernadero, agravando aún más el cambio climático.
Este estudio refuerza la necesidad de acciones de restauración y conservación como parte de la respuesta climática global. Cuidar las lagunas costeras no solo protege la biodiversidad, sino que también preserva servicios ecosistémicos esenciales para millones de personas.
Referencias: Earth-Science Reviews