En la remota región noreste de Groenlandia, un hallazgo mantiene en alerta a los expertos en criosfera. El glaciar 79°N, una de las lenguas de hielo más grandes del planeta, alberga desde 1995 un lago supraglaciar cuya evolución ha sorprendido a la comunidad científica. Lo que comenzó como una acumulación de agua de deshielo producto del aumento de las temperaturas se ha convertido en un fenómeno capaz de modificar de forma duradera la estructura del hielo.
Investigadores del Instituto Alfred Wegener y del Centro Helmholtz de Investigación Polar y Marina han documentado cómo este lago no solo aparece y se drena periódicamente, sino que también provoca la formación de grietas gigantescas en el glaciar. Estos drenajes abruptos permiten que miles de millones de litros de agua se filtren hacia el océano y hacia la base del glaciar, alterando su estabilidad y levantando su superficie en determinados puntos.
La primera evidencia del lago apareció en datos de observación satelital en 1995. Hasta entonces, no existían registros de acumulaciones de agua en esa zona del glaciar. Desde su formación, el lago se ha vaciado en al menos siete ocasiones, cuatro de ellas ocurridas en los últimos cinco años. Estos eventos recientes son especialmente preocupantes porque revelan una aceleración en el ciclo de llenado y drenaje, un patrón que indica que el glaciar está experimentando tensiones crecientes asociadas al cambio climático.
Durante los drenajes más recientes, a partir de 2019, los investigadores observaron algo inédito: la formación de grietas triangulares y canales de varios metros de ancho, conocidos como molinos. A través de ellos, enormes volúmenes de agua alcanzan la base del glaciar en cuestión de horas. Este comportamiento no solo drena el lago en superficie, sino que también reconfigura la red interna de fracturas del hielo, debilitando aún más la capa glaciar.
El equipo liderado por la glacióloga Angelika Humbert ha explicado que el hielo del glaciar se comporta de forma paradójica: es viscoso, como un fluido extremadamente espeso, pero al mismo tiempo es elástico, capaz de deformarse y volver a su estado inicial. Esta doble naturaleza explica por qué el hielo puede fracturarse formando grietas permanentes y, a la vez, cerrar lentamente los canales en su interior después de cada drenaje.
Sin embargo, los datos muestran que las grietas superficiales no desaparecen por completo. Incluso años después del primer drenaje, las fracturas triangulares permanecen visibles, lo que indica que el glaciar conserva cicatrices permanentes. Las imágenes de radar confirman que, aunque los canales internos cambian con el tiempo, siguen activos y pueden reabrirse en futuros eventos de drenaje, favoreciendo la repetición del ciclo.
Uno de los hallazgos más inquietantes es la detección de un lago subglacial formado bajo la lengua del glaciar. El agua que se filtra desde la superficie queda atrapada en cavidades internas, generando presión y levantando el hielo en ciertos puntos. Este fenómeno, descrito como una “ampolla” bajo el glaciar, modifica la topografía del hielo y puede aumentar la velocidad con la que fluye hacia el mar, contribuyendo a la subida global del nivel oceánico.
Los científicos también han detectado que el drenaje se produce cada vez con mayor regularidad, un patrón que parece haber quedado instaurado en apenas una década. Estos cambios bruscos, que ocurren en lapsos de horas o días, constituyen perturbaciones extremas para el glaciar. La gran incógnita es si este sistema todavía puede volver a un estado estable o si, por el contrario, ha cruzado un umbral que lo empuja hacia un deterioro irreversible.
La investigación, publicada en la revista *The Cryosphere*, aporta datos cruciales para los modelos climáticos. Hasta ahora, muchos modelos simplificaban el papel de las grietas en los glaciares, pero el caso del 79°N demuestra que estas fracturas pueden alterar de manera permanente la dinámica del hielo. Comprender cómo actúan y cómo se reactivan es clave para predecir el futuro de Groenlandia en un planeta que se calienta a un ritmo sin precedentes.
Para los expertos, el lago supraglaciar 79°N se ha convertido en un laboratorio natural que revela los límites de resistencia del hielo frente al aumento de las temperaturas. Lo que sucede allí no es un caso aislado, sino una advertencia de lo que puede ocurrir en otros glaciares del Ártico y la Antártida. Cada fractura y cada drenaje son señales de que la capa de hielo polar está entrando en un estado de transformación permanente con consecuencias directas para el nivel del mar y la vida en las costas del mundo.